Consejo de un gran amigo

Julio 14, 2008

Un día el mismo dios empezó a tratarme de tú a tú. Invitándome a su mesa, compartimos alegres charlas entre vinos y manjares. Aquel día después de comer, me aconsejo que inventase un mundo y añadió: “Funciona sólo y da beneficios”.

Abriéndose paso entre el público, lograron hacerse con una de las mesas del fondo, lejos del pequeño escenario, justo en la esquina más oscura del pub.

 

Una vez más, Johan me hizo entender con una mirada y un gesto que debía llegar hasta ellos para tomar nota. Les seguí el paso y me situé frente a ellos. Mi presencia no les inmutó y a pesar de la música (todavía sonaba el tema anteriormente citado) pude sentir un silencio frente a sus figuras. El mismo silencio que sudaban a través de sus poros y que inundaba el espacio que les rodeaba. Aquel hombre, al que más tarde conocería con el nombre de Bruno, ocultaba un estrabismo tras las gafas de cristal oscuro que no se quitó ni siquiera en aquel rincón, que hacía las veces de noche.

 

- Buenas noches, ¿puedo tomarles nota? – pregunté casi gritando, en un intento por llamar su atención. El tuerto parecía no reaccionar, mientras las mujeres situadas sistemáticamente una a cada lado le miraban buscando algún tipo de aprobación. Pero él sí reaccionaba. Lo que ocurría era que podía mirar a una y a otra a la vez gracias a su visión binocular. 

 

Bruno no tardó en pedir un malta de doce años, pero ellas dudaban y durante el tiempo de indecisión, mientras él se dejaba arrastrar por el concierto dando pausadas y tranquilas palmas, yo las observaba a una y a otra, tapadas más que vestidas con trozos de cuero sobre sus tetas (o senos, para los más pulcros) llevando pantalones recortados del mismo material con las nalgas descubiertas, generosas en carne. Me sorprendieron tanto sus vestidos o atributos, quizás, que fui incapaz de fijarme en el color de su pelo. Fui directo a lo más llamativo, supongo.

 

Por aquellas fechas mi experiencia sexual se limitaba a un par de besos con lengua, a tocar una teta por encima del sujetador… y dudo que a acariciar la cremallera de los vaqueros de una compañera del instituto constituya una experiencia, aunque a mí me sirviera durante un par de semanas como el comienzo de decenas de sueños despiertos y agitados.

 

El tuerto debió sospechar algo, porque al llegar con su whisky y los rones de su compañía me pidió que me acercase. Me hice el despistado y empecé a colocar las copas sobre la mesa, para hacerle ver mi nivel de ocupación. No tuve éxito, la bizquera probablemente vaya ligada estrechamente con la testarudez. 

 

- ¡Chico! Acércate, te digo. – decía acompañándose de gestos con las manos.

Yo no las tenía todas conmigo. Pensé que se habría dado cuenta de la forma en la que miraba a las dos mujeres. Con esos ojos quién sabía que ángulos recogía su visión, imposibles para el resto de los mortales. Al final, vista su insistencia, dejé la bandeja sobre la mesa y me aproximé a él. Despedía un fuerte olor mezclado de whisky y de perfume caro, horriblemente empalagoso.

- ¿Cómo te llamas? – preguntó dando indicios de su origen, dado su sutil acento.

- Daniel -. Respondí con la esperanza de que la conversación acabase tras mi respuesta.

- ¿Te gustan estas mujeres, Daniel? – extendió levemente los brazos y puso sus manos en las nalgas de una y otra. A ellas parecía no disgustarles, lo que me hizo concluir que eran putas. Él sonrió y a falta de respuesta por mi parte, decidió responderse él mismo. Un tipo retórico, pensé. Un tipo manipulador. – Yo digo que sí te gustan.- Sí, se había dado cuenta. Yo miré a las mujeres, cruzamos miradas y me sonrieron de la manera en que se sonríe cuando se es superior en algún sentido y en ese momento doy por hecho que lo eran. Yo hubiera querido creer que no fueron más que sonrisas lascivas que escondían lujuriosos deseos y que me tenían a mí por el héroe de su historia compartida. – Ahora, no. Tienes que trabajar. Nosotros nos quedamos hasta que cierre el bar. Luego hablamos. – intuí un guiño detrás de las gafas, pero no sabría decir de qué ojo.

 

El resto de la noche transcurrió según lo previsto, sin ninguna novedad más. Los mismos borrachos, los mismos babosos de siempre. El grupo empezaba a recoger los bártulos y el tuerto y las putas seguían en aquel rincón al abrigo de los más indiscretos. Él, ligeramente apoyando el codo sobre la mesa. El whisky comenzaba a hacer mella. Ellas acariciándole el rostro dulcemente para despejarle de su modorra post-copa.

 

En la barra, Johan se despedía y nos dejaba la responsabilidad de desalojar el resto del pub. Luego era Andrea, posiblemente la más rubia de las dos hermanas, la encargada de pagarnos la noche de trabajo. Me llamó para darme el dinero y me invitó a tomar una copa con ellas. Para entonces el misterioso trío había desaparecido y no los volvería a encontrar hasta…

 

Depende de vuestros comentarios que la historia continúe…